EDITORIAL Reto 2020: reducir el analfabetismo bíblico
Iniciamos año nuevo y década nueva con nuevos bríos, con los mejores deseos y con grandes expectativas. El trabajo en la Iglesia Metodista de México enfrenta nuevos retos este año, pero, sobre todo, tenemos la certeza de que el Señor nos ha ayudado hasta aquí y nos seguirá ayudando, en la medida de la fe que ha puesto en cada uno de nosotros. Así seguiremos con la misión encomendada de llevar las enseñanzas de Jesús nuestro Señor a nuestra nación, bajo la visión de reformarla desde lo más profundo, extendiendo la Santidad proclamada en Su Escritura.
Por ello, debemos seguir enfatizando la necesidad de combatir lo que José Hutter llama el “analfabetismo” bíblico (Hutter, 2020). Más que una preocupación, debería ser una de nuestras ocupaciones permanentes el transmitir el conocimiento de hechos y doctrinas más básicas de nuestra fe evangélica, que cada vez parece más escaso. Un gran reto es transmitir estas verdades a las siguientes generaciones, como señala uno de los lineamientos de Evangelismo Mundial del Concilio Mundial Metodista. Por tanto, debemos evitar el énfasis desmedido en la experiencia personal y cuidar con mayor esmero la educación cristiana.
A fuerza de ser sinceros y buscando oportunidades para mejorar el ministerio de la Iglesia, como dice Hutter: “Los sermones son cada vez más terapéuticos y menos educacionales. Y la relevancia de lo que hacemos en el culto los domingos […] se basa sobre todo en lo que sentimos y cada vez menos en lo que pensamos”. No ayuda demasiado el evitar el estudio del contexto histórico de los pasajes bíblicos, porque podemos caer en simples lecturas devocionales con textos sacados de contexto, acomodados a las actitudes deseadas entre la gente. A fin de cuentas, es lo que el apóstol Pablo nos llama a evitar, a “acomodarnos a este siglo”. En cambio, nos invita a transformarnos por medio de la renovación del entendimiento.
Cuando era joven asistí a unos retiros espirituales que se desarrollaban en unos campamentos cerca de la ciudad de México. Dentro de las actividades que teníamos, había un día que se dedicaba a hacer limpieza y a poner en orden algunas cosas. El director del retiro nos decía: “Vamos a dejar el lugar mejor de cómo lo encontramos”.
Está filosofía se me quedó muy grabada y desde entonces he procurado ponerla en práctica. He pasado dos semanas visitando a mi hija Elsa y su familia en Bluffton, Carolina del Sur, Estados Unidos.
Dentro de mi tiempo que aquí he permanecido (mañana regreso a mi casa en Edinburg, Texas) he procurado dejar mejor la casa de mi hija. Arreglé unas sillas del comedor, cambié una cortina del baño, algunas veces cociné, luego les hice de mis panes y otras mejoras que pude hacer. Aparte, prediqué en la iglesia dónde asisten Marcos y Elsa y oré por la salud de algunos enfermos.
Dios tiene para cada uno de nosotros un proyecto de vida encaminado a construir un nuevo reino, una nueva nación, una nueva familia y una nueva Iglesia. El cristiano es una nueva persona que se esfuerza por darle un sentido diferente a su vida, a su entorno. La diferencia radica en las acciones, el anuncio en liberar y la misión en continuar.
Por: Yashár
INTRODUCCIÓN
La vida no se equivoca, nos pone en lugar y en el momento que nosotros elegimos. Confronta nuestro ser, quiénes somos, a dónde vamos y con quién compartimos esos instantes.
Los profetas, los discípulos, nosotros tenemos un anuncio que hacer, tenemos una misión que cumplir: Dios tiene para cada uno de nosotros un proyecto de vida. Otros la aceptan, unos más las rechazan… pero al final todos tenemos una razón de estar. Las citas bíblicas dan fe de esto:
“Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz”.
Sal 29:11
“En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”.
Hch 10:34-35
“Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia”.
Mt. 17:5
Permitámonos crecer a imagen y semejanza de quien nos creó; con atributos morales, valores de vida y principios de actuar. Es el momento de volver a vivir, de continuar con nuestros sueños y valorar nuestro presente.
Nuestra forma de leer la Biblia viene condicionada por nuestra cultura y nuestro estilo de vida, lo que impide que nos demos cuenta de muchas cuestiones que tratan del reinado de Dios y la atención a los pobres. Soares Prabhu ha llegado a decir que: “La exégesis occidental, que forma parte de la inmensa producción ideológica de una sociedad opulenta e intensamente consumista basada en principios diametralmente opuestos a los de Jesús, […] Ha intentado sistemáticamente espiritualizar la comprensión evangélica de pobre…”.[1] Para ilustrar esta idea, quisiera rescatar una brevísima reflexión que me publicaron en la web de Los sermones de Gotinga y que trata sobre la parábola del rico y Lázaro.[2]
La parábola del rico y Lázaro no está diseñada para defender la existencia del infierno como un lugar físico. Quienes centran aquí su atención en hacer una apología del infierno, solo desfigurarán el contenido del mensaje. En teología se utiliza un dicho que nos llama precisamente a esta cautela: theologia parabolica non est argumentativa. Aquí simplemente tenemos a Jesús utilizando una retórica y un imaginario bien conocido en el judaísmo tardío que le tocó vivir y, desde ahí, va a configurar una narración que apunta al verdadero corazón de su enseñanza.[3] Como recurso pedagógico, las parábolas de Jesús siempre toman elementos conocidos y propios de su entorno, en este caso el recurso que hace distinción entre “el seno de Abraham” y el “Abismo-Hades”.
¿Entonces qué nos quiere enseñar Jesús con esta parábola? Primero nos presenta el desequilibrio que impera en el mundo, donde hay personas muy ricas y otras que son muy pobres. El evangelio de Lucas hace muchísimo hincapié en el asunto de la pobreza y la riqueza.[4] El reino de Dios, de justicia, paz y gozo (Ro 14,17) no aprueba la injusticia del desequilibrio. El rico de la parábola que vivía con ostentación (v.19) tenía la realidad misma de la pobreza muy cerca, justamente en la puerta de su casa (v.20).
La creencia de que la ciencia contradice al teísmo o a la fe cristiana no es cierta y responde más bien a ignorancia o a intereses ideológicos.
Antonio Cruz
La mayoría de los científicos que integraron la Revolución científica del siglo XVII, en la que se creó el modelo moderno de la ciencia occidental, fueron personas que creían en un Dios creador. Científicos como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Torricelli y pensadores como Descartes, Leibniz o Pascal. Todos estaban convencidos de que estudiar la naturaleza era como escudriñar la “otra” revelación de Dios.
Sin embargo, el racionalismo, el naturalismo y el darwinismo que vinieron después motivaron que las personas empezaran a dudar de la realidad de Dios y a creer que la ciencia hacía innecesaria su existencia. Durante mucho tiempo se creyó que la ciencia era enemiga de la fe. Incluso todavía hoy algunas personas piensan que existe un conflicto entre lo que la ciencia descubre y lo que dice la Biblia.
Es verdad que puede haber discrepancias, en cuanto a la interpretación de los hechos científicos, pero no en cuanto a los hechos mismos. Pueden existir diferencias entre cosmovisiones (por ejemplo, entre evolucionismo naturalista o materialista, evolucionismo teísta o creacionismo teísta, tanto de la Tierra joven como de la Vieja). Sin embargo, la creencia de que la ciencia contradice al teísmo o a la fe cristiana no es cierta y responde más bien a ignorancia o a intereses ideológicos, porque lo cierto es que los últimos descubrimientos científicos apoyan la creencia en un Diseñador del universo. Tanto es así, que hasta algunos pensadores ateos famosos se han visto obligados a cambiar su cosmovisión y aceptar la existencia de un Dios creador. Tal como ocurrió, por ejemplo, con el famoso filósofo inglés, Anthony Flew.
¡Tú tienes la culpa!, sin más, le espetó la esposa al pobre marido que llegaba todo acongojado, por haber sido despedido del trabajo. Desahogamos nuestras frustraciones y temores, por doquier encontramos acusación tras acusación. El esposo a la esposa y viceversa; los padres a los hijos y viceversa. Los alumnos al maestro y viceversa; los empleados al jefe o patrón y viceversa. Al gobierno, al médico, al abogado.
En el ámbito eclesial suele suceder lo mismo. El combinar las cualidades que menciona el apóstol Pedro en su primera carta capítulo 3, verso 8, es un contraluz de actitudes que generan acciones que se vuelven hábitos capaces de neutralizar nuestro deseo de inculpar a alguien. “En fin, vivan todos ustedes en armonía, unidos en un mismo sentir, y amándose como hermanos. Sean bondadosos y humildes, no devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto, al contrario, devuelvan bendición, pues Dios los ha llamado a recibir bendición”.
Te distraigo de tus múltiples ocupaciones, porque hoy me ha dado por filosofar. Huelga decir, que no estás obligado a leerme; sin embargo, me atrevo a usar este medio, en la lejana esperanza que algo tenga de utilidad. Nuevamente te reitero una gratísima perspectiva de abundantes bendiciones de Dios, para ti y tu respetable familia, esperando que goces de salud y bienestar; y te invito a pensar sobre, lo que es la vida.
“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.
1 Ti. 4:1-2
Somos muchos los feligreses y congregantes que, sobre todo, el día domingo estamos expectantes de escuchar el mensaje de Dios para nuestra vida; mensaje fresco, actual, Cristocéntrico y apegado a las Escrituras.
Muchos acudiremos con alegría, otros con cargas y tristezas, algunos con una inmensa necesidad de Dios y su consejo; de alivio, exhortación o tal vez de confrontación a causa de la vida que estamos llevando o simplemente acudiremos por costumbre.
Todos nosotros vamos confiando en que nuestros ministros, pastores o maestros se han preparado en ORACIÓN, ESTUDIO, SANTIDAD y que han apartado de su tiempo, tiempo suficiente para meditar en lo que se va a exponer, que pasaron tiempo con Dios y delante de Dios, no a las carreras o una copia de algún otro consiervo, sino el mensaje preciso que nuestros corazones y mente necesitan.