“Levanta la voz, y hazles justicia; ¡defiende a los pobres y a los humildes! Mujer ejemplar no es fácil hallarla; ¡vale más que las piedras preciosas!”
Proverbios 31:9-10
Vivimos tiempos delicados y retadores. Nuestra querida Patria, como dice la Escritura, “espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios. Porque la creación perdió su verdadera finalidad, no por su propia voluntad, sino porque Dios así lo había dispuesto; pero le quedaba siempre la esperanza de ser liberada de la esclavitud y la destrucción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Ro. 8:19-21).
A punto de conmemorar un Día Internacional de la Mujer, en México se hace sensible aún más el tema por recientes (y cada vez más numerosos, despiadados y cobardes) actos de violencia ante uno de los grupos más vulnerables de nuestra sociedad: las mujeres.
La violencia hacia las mujeres, no es simplemente un tema “sobre ellas”, sino es una muestra de la degradación moral de la sociedad, de la permisión del pecado social y de la incapacidad que, como sociedad, hemos tenido de incidir en la formación nuevas generaciones que se hagan responsables de su propia santificación hacia una cultura del respeto y el amor hacia el prójimo. Como cristianos, debemos levantar una voz profética para denunciar al oprimido, de acuerdo al criterio del Evangelio de Jesucristo, pero también estamos comprometidos a trabajar en estrategias a mediano y largo plazo formando en la santificación y desarrollando una teología de la responsabilidad.
Muchos conocen la historia que aparece en Juan 8:1-11. Como suele suceder, ha pasado a la historia como la historia de “la mujer adúltera” y no con otros títulos. Bien podríamos bautizarla como la historia de “los jueces injustos”. En resumen, una mujer es llevada para que Jesús diera el visto bueno de su ejecución por lapidación. Había sido sorprendida en el acto del adulterio, aunque al hombre no lo llevaban, siendo que también debía ser presentado. Jesús no dice nada. Su silencio parece ser cómplice de una gran injusticia que se estaba cometiendo, hasta que dijo las inmortales palabras: “el que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (8:7). Los hombres se van y Jesús se quedó solo con la mujer. “Ella es la culpable”, decían los hombres. “La adúltera es ella”. “Seguro sedujo a…. y por eso se acostó con ella”. “Si su esposa lo atendiera bien, … no habría tenido necesidad de buscar a otra mujer”. “… No tuvo la culpa; no es adúltero, sino un hombre desatendido”. “Los hombres tienen necesidades, ¿O no?”.
Sigue el ejemplo de Jesús: guarda silencio, aboga por lo que es justo Me pregunto por qué Jesús se quedó callado tanto tiempo. Tal vez fueron segundos, pero cuando la vida de alguien está en riesgo y los verdugos tienen piedras en las manos, es demasiado tiempo. Jesús sólo escribía en tierra algo que nos es dado saber. Hay quienes dicen que escribía los pecados de los presentes. Yo creo que estaba pensando sobre lo que debía hacer y sólo ganaba tiempo. Finalmente, Jesús también era hombre, educado según los parámetros de su época y, como humano, también debía orar y reflexionar para mantener el rumbo correcto.
Jesús nos exige lo que es justo. La práctica de la justicia salva a la mujer. Hoy hay muchos que hablan y dicen; y exigen, critican y se burlan. Simplemente sé cómo Jesús: guarda silencio para pensar, no hables por ellas, interpela a tus congéneres para encontrar lo que es justo, exige justicia. El fruto de la justicia es la paz.
En mis años en el ministerio me han hecho comentarios como “¿Y dónde está el pastor principal?”, “¿A poco eres tú?”, “Pastora, la gente dejó de venir porque… pues, no quieren a una pastora; es que, la verdad, no esperábamos a una mujer como nuestra líder”, “¿Ya te diste cuenta que eres mujer?”, “¡N’ombre! En cuanto te cases o tengas hijos vas a dejar el ministerio, por eso las autoridades no les apuestan mucho a las mujeres”. Incluso escuché que, hace muchos años, a una pastora le preguntaron si no le era incomodo impartir la Santa Cena en su período (¿O sea?). Y la lista continúa.
Mi comentario no es para hacer una exégesis bíblica (que sí hay tela de donde cortar) o para convencer que somos mejores, es sólo que me llama la atención que nuestras acciones son incongruentes con lo que decimos creer. ¡A mí me impresiona ver que las mujeres pueden cantar (que por cierto es una forma de predicar), pueden cuidar niños (que también es ejercer autoridad y exposición de la palabra), pueden ser misioneras y arriesgar sus vidas (que eso es ejercer una función pastoral)! Y claro, también pueden diezmar. ¡Ah¡, pero el púlpito…, el púlpito es de varones. Definitivamente, creo que como dijo una buena amiga, somos el producto de una mala exégesis.
No me considero una feminista, creo que hay conceptos básicos en su ideología que no abrazo ni comparto. Pero en el tema que hoy nos atañe a todos, siento una admiración y gran lección.
• Para que haya una convivencia entre dos o más personas, ¿Qué es lo que necesitamos? • Para exista una comunidad ideal ¿Qué elemento es fundamental? • Para que una relación marital perdure ¿Qué necesitamos? • Para que haya un vínculo armónico entre padres e hijos, ¿Qué se requiere? • De todos los mandamientos dados por Dios, ¿Cuál es el esencial?
Las lecturas que tenemos como referencia de este artículo nos comunican este elemento tan esencial: amor. Pero no solamente se queda en un concepto que comúnmente hemos limitado.
El libro de Levítico enfatiza el amor al prójimo como una ley fundamentando en la soberanía y santidad de Dios:
“Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios”.
El salmista enfatiza la importancia de aprender:
“Enséñame, oh Jehová el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin”.
La enseñanza no da sabiduría, sino el cumplimiento de esta:
“Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios”.
De acuerdo a los opositores de Jesús, su interpretación de las Escrituras no solamente iba en contra de la Ley de Moisés, sino que resultaba una burla. El maestro, con autoridad enseñaba: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […] ojo por ojo y diente por diente […], amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”, y añadía: “Pero yo os digo […] cualquier que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio […]. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen […]”.
Hoy, hemos caído en el error de defender “la sana doctrina” y el cumplimiento de la Ley a costa de casi todo. Olvidamos que el fin de ésta es el amor, cuando enjuiciamos a uno de los nuestros que ha caído; cuando pedimos cuentas a la chica que “salió embarazada”; o cuando un pastor o pastora tiene crisis de fe a pesar de que, se supone, “está más cerca de Dios”. Aquél “Pero” de Jesús nos enseña que no debemos adelantarnos a juzgar sólo porque aquello va “en contra” de la Ley/doctrina sino abrazar a aquel y a aquella que, cuando han caído, no desea sentir el juicio de una ley de hombres mas que del amor de Dios.
Tomado del boletín dominical de la Iglesia Metodista El Divino Redentor de San Vicente Chicoloapan, Mex. Febrero 16, 2020.
Pronunciamiento de la Iglesia Metodista de México frente a la violencia de género
“Dios te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”.
Miqueas 6:8
La Iglesia Metodista se gestó en un ambiente de violencia e inestabilidad social, y desde su nacimiento ha demostrado que dentro de sus venas corre la pasión por la justicia social. Fue el mismo Juan Wesley, quien en repetidas ocasiones y por diversas maneras nos invitó a demostrar nuestra religiosidad con acciones concretas, como optar por el amor, la caridad, la libertad y la justicia por encima de la comodidad o de las riquezas.
Siguiendo los pasos de Jesucristo, demostró su interés por quienes vivían en opresión, y sentó un precedente de lo que debe ser el actuar de un metodista. Citamos sus palabras: “El evangelio de Cristo no conoce otra clase de religión sino una religión social; no otra santidad sino social”. Como iglesia que conoce su historia, sus orígenes y que es fiel a su identidad, hoy nos pronunciamos en contra de la violencia machista y feminicida que ha llevado a nuestro país a la terrible cantidad de diez mujeres asesinadas por día; en el que tan sólo en lo que va del año lleva en la cuenta 265 feminicidios; y en donde, en los últimos seis meses del 2019, seis millones de mujeres sufrieron delitos sexuales.
Asumimos nuestra responsabilidad en la tarea de predicar la vida plena que encontramos en el Evangelio. Entendemos que la vida está amenazada por el pecado, el cual suele ser tan sutil que puede llegar a infiltrar la predicación cristiana. Afirmamos que el Evangelio de Jesucristo afirma la dignidad de la mujer, se opone a la violencia en todas sus formas y exige la transformación integral del ser humano. Pedimos perdón si es que no hemos mostrado esto con la radicalidad y claridad suficiente. Nunca seremos cómplices de la violencia, ya sea física o simbólica. Rechazamos toda práctica machista y nos comprometemos a denunciar todo abuso y violación que tenga lugar entre nuestras filas.
Estaba leyendo a Nadia Bolz-Weber, cuando cuatro palabras, entre otras, quedaron grabadas a fuego en mi “aposento interior”: “algo mejor es posible”. Algo mejor es posible para nuestras comunidades de seguidores y seguidoras de Jesús de Nazaret, el “Señor de la gloria” (1 Cor. 4:8).
Y ese “algo mejor” guarda relación con la experiencia de comunidad como huella visible de la gracia de Dios para todas las personas que participan de ella. Ya que decir “gracia”, es decir acogida, abrazo y perdón incondicional. Decir “gracia” es decir encuentro con personas ante las cuales puedo mostrarme desnudo, vulnerable, sin vergüenza para mostrarnos tal como somos, y no vivir ocultando nuestra desnudez con el delantal de hojas de las convenciones religiosas y de la “santidad” que las acompaña, tal y como se espera de nosotros. Solamente así podremos ser comunidades donde las personas puedan sentirse realmente conectadas unas con otras.
Pero no, entendemos la vida como un “Facebook” gigante, anhelando llenarla de cientos “me gusta”, convirtiéndonos en una parodia humana, ocultándonos en nuestro simulacro existencial de cara a la galería. Sin embargo, detrás del simulacro se encuentran las lágrimas y el dolor, y como “la Zarzamora” de la copla, andamos llorando por los rincones de nuestra interioridad, allí donde nadie nos ve. Y así, la comunidad, en lugar de ser una huella de la gracia de Dios, se convierte en una no-comunidad, en un espacio que añade más dolor al dolor al exigir, de facto, el ocultamiento de nuestra vulnerabilidad*.