La quintaesencia de Dios nunca permitiría desastres naturales, ni epidemias, ni plagas, a fin de que los humanos le busquen. Su esencia es el amor, por lo que nos deberían interesar mayormente sus hermosas promesas, sobre todo aquellas que nos aseguran que Él está con nosotros, en cualquier condición o circunstancia.
Por ello, buscar sentido a una desgracia, a un contratiempo o a una adversidad, es un sinsentido.
Esta edición de El Evangelista Mexicano está “plagada” de reflexiones acerca de los tiempos que vivimos. Y con razón, ya que nos encontramos en una pandemia que, en sus fases iniciales, además de cobrar vidas humanas, ha trastocado los modos de vivir y sobrevivir de muchas sociedades, hasta hoy incólumes, y que parece también trastocará nuestra manera de convivir en los próximos años e impactará todos los ámbitos de nuestra vida.
Por ahora, las preocupaciones mundiales se centran en las personas y en su entorno inmediato. Pero también en las causas estructurales de la sociedad que causa, no la pandemia, sino el desastre asociado a ella. Como los impactos económicos que pudiesen venir asociados con la falta de consumo, de tránsito de personas y de intercambio de bienes y servicios. También, hemos visto preocupación con aspectos individuales, como la soledad de la persona y su entorno familiar, pero también con la economía. Y el miedo e incertidumbre que genera toda la situación, aún actos de discriminación –tan humanos- como señalar a los más vulnerables como causa de la pandemia y aún al personal de los servicios de salud. La ignorancia en su máxima expresión, aún alentada por medios de intercambio de información (que no de comunicación) que conmocionan al mundo con una verdadera “infodemia”.
Al Gabinete Conferencial, superintendentes, pastores y miembros de la Iglesia Metodista de México A.R. en la Conferencia Anual Norcentral:
Amar en estos tiempos de pandemia y entre cuatro paredes es también amarse a uno mismo, ya que a veces nos perdemos de vista, es parar y mirarnos por dentro, además de por fuera. Es permitirnos pasar tiempo con Dios y con la familia; es permitirnos tener preguntas, pero también de reír y abrazar la esperanza. Es dedicar tiempo a la reflexión, al perdón, a la alegría.
Es recuperar esa pasión dejada de lado, tomar y adentrarnos en aquel libro que nunca tuvimos tiempos de leer. Es escuchar a Dios a través de la lectura de Su Palabra, que sigue hablando con Voz fuerte y reconfortante a la vez. Es repensar, revisar, desafiarnos y agradecer.
Amar en estos tiempos inciertos es ser valiente. Que eso no supone –solamente- dejarlo todo y salir corriendo. Porque el amor profundo, radical, no es el de las películas, sino el de la entrega, así como Cristo nos lo ha enseñado; es el amor que nos lleva a cuidar del otro, de los seres amados, del prójimo y del desconocido en solidaridad.
Jesús no vino a erradicar la lepra, pero sanó leprosos. Fue la ciencia la que la limitó.
Carlos Alejandro Muro Flores
Esta es la realidad, Jesús no llegó quitando TODA enfermedad a ningún lado, fue en ese contacto con las personas en donde ocurría la SANIDAD de manera personal. Al conocerle, al estar frente a Él, al sentir su mirada y su amor los sanaba de CUALQUIER enfermedad y por si fuera poco también les perdonaba pecados.
Con los apóstoles fue igual: sanaban personas, no erradicaban enfermedades.
Con el paso del tiempo Dios ha dado sabiduría y conocimiento a los hombres para limitar y curar no solo la lepra, también “los sangrados de nacimiento”, los “cojos” , “los ciegos”, “los lunáticos” y así casi TODA enfermedad que se mencione en la Escritura.
Siguiendo esta enseñanza no creo que Dios vaya a erradicar el Covid-19 o cualquier otra enfermedad que se nos venga encima, pero sí creo que dará entendimiento a hombres para obtener la cura a estas calamidades sanitarias y, SIN DUDA, obrará milagros y sanidades a nivel personal de ésta y otras enfermedades tal vez más terribles.
Después de esta crisis la iglesia no puede seguir siendo la misma. Esta pandemia nos debe ayudar a redefinir nuestras prioridades, a ser los pies y las manos de Cristo, a ser una comunidad “Cristo-céntrica” y no “Templo-céntrica”. Nuevos ministerios y áreas de servicio pueden empezar a existir para resolver los problemas sociales existentes. Es tiempo de dar, de intentar cosas nuevas, de interceder, de orar y de actuar.
Hugo Almanza
Soy Hugo Almanza, pastor metodista en Reynosa Tamaulipas. Escribo estas líneas desde la mesa de mi casa, el día 6 de abril de 2020, después de tres domingos que recibimos la instrucción de suspender nuestras celebraciones dominicales y toda clase de reunión en la que se congreguen más de 20 personas. Quiero tratar de resumir como han sido las últimas tres semanas desde mi trinchera pastoral, así como proponer una palabra de esperanza para este tiempo de pandemia.
Las primeras dos semanas consideramos que era prudente congregarnos en células, por lo que nuestra iglesia simplemente cambió la dinámica dominical en el templo por nuestros grupos en casa; y uno a uno fueron llegando a su lugar de reunión semanal para adorar, cantar, escuchar la exposición de la Escritura, ofrendar y agradecer al Señor. En aquellos días el ambiente social era bastante más tranquilo; escuchábamos las noticias de China y España, pero no estábamos alarmados. Recuerdo que el primer domingo fui obediente a la instrucción episcopal y, aunque mi familia se trasladó a su célula, yo opté por permanecer en el templo en oración y a la expectativa de si algún hermano asistía allí, para atenderle y orar con él. Sin embargo, nadie asistió. Al medio día tomé una fotografía con el templo vacío. En un día normal a esa hora nuestro edificio está lleno: todos están cantando, celebrando, la música está sonando fuerte, las manos están levantadas, la atmósfera de adoración emana de ese lugar y, quien entra, lo distingue.
¿Realmente son el coronavirus, la depresión económica que viene, los cambios políticos hacia estados totalitarios y las nuevas tecnologías señales de la inminente venida del anticristo?
José Hutter
El último desafío del que quiero hablar nos lleva a un tema muy actual en nuestros días. Tiene que ver con los últimos tiempos. La escatología no es solamente un tema para expertos en los “últimos tiempos”. Todos tenemos una escatología de la misma manera como todos tenemos una teología. Lo interesante es: nuestra escatología no tiene que ver en primer lugar con el futuro, sino decide cómo enfocamos y entendemos el presente. Sobre eso quiero reflexionar en las próximas semanas.
Me gusta analizar los tiempos que corren. Tengo un interés particular en sacar conclusiones de lo que observo para tratar de identificar tendencias y modas de pensamiento para ver a dónde nos llevan. Indudablemente, lo hago con más o menos acierto.
Los que me conocen saben que me interesa especialmente el mundo de la economía y las finanzas. Con frecuencia hablo de esos temas en mi muro en Facebook.
Los lectores de mis comentarios saben que llevo advirtiendo desde hace más de diez años de este tsunami que ahora nos ha pillado de lleno. Y no estoy hablando del virus. Por supuesto nadie veía venir ese virus que se ha bautizado con el nombre espantoso de SARS-CoV-2. Y en este contexto no voy a opinar sobre eso. No soy médico y aún menos virólogo. Me falta el conocimiento de este tema para poder aportar algo que valga la pena. Ni siquiera conozco un versículo que hable particularmente de esta plaga. Lo que me parece más importante es cómo se percibe el Covid-19 y lo que va a traer. En otras palabras: en mi muro suelo hablar del impacto económico de lo que sufriremos en los próximos meses y años y que nos marcará a cada uno profundamente.
El pecado de la indiferencia. Fraternidad en tiempos de virus
La “modernidad” ha ido gestando un tipo de egoísmo demoledor que comienza parcelando el espacio geográfico, levantando barreras no sólo ideológicas sino físicas que nos aíslan “del otro”. En cualquier caso, se trata de no permitir que “el otro” nos invada con sus problemas.
Máximo García Ruiz
Una de las afirmaciones de mayor contundencia que han formulado sociólogos contemporáneos para describir nuestro mundo actual es que el mayor pecado de nuestro tiempo no es la maldad, sino la indiferencia. A la maldad se la ve venir y se pueden crear anticuerpos para combatirla; la indiferencia convierte “al otro” en un ser invisible del que no sólo se ignora todo, sino que se rehúye cualquier conocimiento que pudiera conducir a adquirir algún tipo de compromiso.
Los efectos de tres guerras devastadoras, dos de alcance mundial y una fraterna en España, en la primera mitad del siglo XX, fueron un acicate para que los líderes occidentales se plantearan crear otro tipo de sociedad mejor que la anterior bajo el paraguas de dos conceptos fundamentales: democracia y derechos humanos. Ambos conceptos impulsaron la creación de una sociedad más solidaria, más inclusiva, fomentando lo que se ha conocido como el Estado de bienestar. La modernidad dio paso a la posmodernidad y ésta configuró la falacia de la posverdad para disfrazar sus grandes mentiras y, al tiempo que las nuevas generaciones han ido olvidando las consecuencias de las guerras que ni conocieron ni sufrieron, se ha ido gestando un tipo de egoísmo demoledor que comienza parcelando el espacio geográfico, bien sea por razones étnicas, económicas, culturales, idiomáticas o de cualquier otra índole, para terminar levantando barreras no sólo ideológicas sino físicas, que le aísle “del otro”, que ha dejado de ser hermano para convertirse en enemigo; en el mejor de los casos, se trata de hacer al otro invisible. En cualquier caso, se trata de no permitir que, “el otro”, nos invada con sus problemas.
Zaqueo entiende que Cristo es un modelo digno de ser imitado. Sabe que después de ese encuentro con el Maestro no puede seguir viviendo de la misma forma.
Jacqueline Alencar (adaptación)
Comparto una breve reflexión y lectura de la palabra basada en Lucas 19. Con el título: ‘Un recaudador de impuestos encuentra una mina de oro’, nos acerca a la impactante historia de Zaqueo, aquel jefe de los recaudadores de impuestos de toda la zona de Jericó, quien seguro tenía una gran cantidad de subordinados bajo su mando, y era respetado por el temor que generaba; tenía gran poder adquisitivo que aumentaba gracias a las prácticas fraudulentas ejercidas con total impunidad y gracias al cargo que ostentaba.
Zaqueo y otros cobraban impuestos para Roma, por ello, los publicanos no gozaban de una buena reputación ante el pueblo judío, evidentemente. Pero en esta historia Jesús, una vez más, trastoca todos nuestros patrones humanos.
Quizá alguno de nosotros no le hubiera dado una oportunidad; jamás lo habríamos invitado a nuestra casa o caminado con él por las calles de nuestra ciudad para no dañar nuestra reputación. Y si alguien nos pidiera referencias suyas, habríamos dado las peores, sin compasión. Ni siquiera por las ascuas sobre su cabeza.