“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.
Jn. 3:3
El confinamiento social a partir de la pandemia que vivimos, ha hecho que nos replanteemos un nuevo comienzo en muchas de nuestras actividades. Desde lo más cotidiano hasta las actividades más trascendentes de nuestra vida. Desde lo profesional, hasta lo espiritual, pasando por las actividades económicas y sociales. Todo sufrirá un trastoque que nos obligará a nuevas formas de hacer las cosas, trabajar o relacionarnos con nuestros semejantes.
Cuando nuestro Señor Jesús habla del nuevo nacimiento, nos está proponiendo un nuevo comienzo. En el relato bíblico de Juan capítulo 3, se trata del encuentro con un “viejo lobo de mar” en lides religiosas: el maestro Nicodemo, quien no era un neófito en la materia. Sin embargo, el Señor lo cuestiona: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?”.
Jesús invita, a Nicodemo entonces y a nosotros hoy, a un nuevo comienzo, pero con una ventaja: ya tenemos la experiencia de la regeneración. Nicodemo tenía la formación y el conocimiento, pero requería “un nuevo espíritu”.
Agradezco a Dios la oportunidad de compartir una meditación más contigo. Si bien uno de los aspectos negativos de esta pandemia sería no poder convivir y estar cerca de nuestros hermanos de la iglesia local, la tecnología permite que el mensaje llegue a más lugares, a más personas, a más corazones.
Para iniciar, quiero leer el Salmo 121:1-3 en la traducción Dios Habla Hoy (DHH): “Al contemplar las montañas me pregunto: «¿De dónde vendrá mi ayuda?». Mi ayuda vendrá del Señor, creador del cielo y de la tierra. ¡Nunca permitirá que resbales! ¡Nunca se dormirá el que te cuida!”. Es fundamental que las y los creyentes tengamos nuestra seguridad en Dios, aquel que nos hizo -así como hizo los cielos y la tierra- y, cuando sintamos que aquella seguridad mengüe, regresemos a la Escritura y afirmemos: “Mi ayuda vendrá del Señor”.
A poco más de dos meses de encierro comienza a mostrarse en nuestros hogares desánimo, fatiga, la rutina nos aburre, etc. Si somos sinceros, hagamos labor de introspección y preguntémonos: ¿Cómo será realmente el regreso paulatino a la nueva normalidad y a nuestros templos? Hay quienes anhelan volver a las reuniones en sus templos, escuchar las predicaciones, cantar juntos, mientras a otros/as se les hace más cómodo pasar un domingo en casa, tener un devocional breve mientras escuchan la reflexión por Internet que el pastor o pastora prepararon. Si bien nuestra mentalidad tradicional nos llevaría a pensar que esto último está mal, el panorama que se ha planteado da cuenta de un estilo de vida que no propone un servidor sino la realidad que estamos experimentando ya.
La santificación de Wesley: un primer paso hacia la justicia restaurativa
Keith Vermeulen (Adaptación)
El fundador del metodismo John Wesley nunca usó terminología moderna como la justicia «restaurativa» o «curativa».
En términos de pobreza y mala salud de las «clases bajas», Wesley no podría aceptar términos modernos como «culpabilizar a la víctima» o «criminalizar a los pobres». Más bien, enfatizó la importancia de «visitar a los enfermos», a quienes hoy nos referimos como los vulnerables y marginados, como una necesidad para sus seguidores que se suponen salvados por gracia en «el logro de la salvación eterna» (“Visitando al enfermo”, VII: 117).
Los metodistas y los wesleyanos de hoy deben comprender esta noción de «justificación por gracia mediante la fe» como una comprensión y práctica del amor sanador de Dios, visible en la justicia que cura las relaciones rotas por actos delictivos, violencia y toda fragmentación de las relaciones humanas. Es pues, la restauración de las relaciones humanas y sociales, hoy llamado Justicia Restaurativa, muy superior a cualquier práctica política y legal de «resolución de conflictos» disponible en Gran Bretaña durante su vida y de allí en adelante.
El contexto de justicia penal en el que Wesley ministró estaba definido por el centro legal de «La paz del rey» en el que los crímenes de violencia, asesinato, robo, falsas monedas e incendio premeditado eran juzgados como una violación a la persona del rey. Este sistema de justicia penal, por lo tanto, en lugar de preocuparse por las violaciones contra los ofendidos, colocaba al «Rey» como la víctima principal. La persona perjudicada por el delito se convertía en un «tercero» y se perdía en un proceso legal que eliminaba cualquier restitución para la víctima. La compensación que podría haberse dado a la víctima se reemplazaba con una «multa» pagadera al Estado.
Han sido días de mucha incertidumbre, las circunstancias a nuestro alrededor nos producen una fuerte ansiedad sobre el porvenir, y en medio de la incertidumbre han surgido alrededor de la gente que conozco y acompaño, muchas dudas sobre si este es el fin del mundo.
En nuestro inconsciente tenemos metida una visión muy extraña con tintes «hollywoodenses», sobre lo que va a pasar y cómo va a pasar, por eso en esta ocasión me gustaría abordar algunos puntos respecto a lo que la Biblia menciona sobre el fin de los tiempos.
A manera de contexto, debemos saber que la mayoría de las teorías sobre el fin del mundo, toman un poco de aquí y otro poco de allá, sin tomar con seriedad el género y contexto de los libros que usan como fundamento, y esto ha resultado en una obsesiva búsqueda de correlación entre lo que está escrito y lo que está pasando en nuestro presente. Así ha ocurrido a través de la historia, muchos han declarado en diferentes momentos que la figura del Anticristo está (o estuvo) representada por Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Henry Kissinger, Mikhail Gorbachev [1], hasta Donald Trump. Definitivamente el tema nos debe llevar a un serio estudio sobre el libro del Apocalipsis, pero ese no es el único documento bíblico que aborda el tema.
Hace algunos meses mientras veíamos las noticias en España e Italia, nos asombrábamos de las cifras de enfermos y muertes que presentaban; a través de redes sociales observaba a los líderes y hermanos en la fe que compartían con temor sobre la condición de la nación respecto al Sars-Cov2, y pensábamos “eso no puede ser cierto… no nos va a pasar”; entonces un líder de opinión en tecnología español (@earcos) y un predicador (@itielarrollo) ambos españoles, compartieron en Instagram que las cifras se hicieron personales para ellos; que ya no eran números, sino rostros de personas amadas quienes estaban incomunicados en un hospital, o muriendo.
Pues durante estas semanas, las cifras se empezaron a hacer personales para nosotros. Mi congregación empezó a sentir la lucha contra el Sars-Cov2 cuando uno de los líderes de la congregación cayó al hospital con problemas para respirar; luego unos días después uno más enfermó, y otro; y luego otro con sospechas, y otra más con síntomas. ¿Qué hace un pastor cuando sus ovejas empiezan a enfermar, y las indicaciones son que no tengas contacto con nadie pues este virus es sumamente contagioso? La pregunta ha girado en mi cabeza durante el último mes; especialmente cuando mis congregantes empezaron a enfermarse. Llamadas, videoconferencias y textos ayudan, pero nunca es suficiente. Estoy convencido que Dios llama a algunas personas para el ministerio pastoral, y que es imposible para ellos no amar y preocuparse cada día por cada persona del rebaño; y es mi caso. Oramos y lloramos por nuestra gente, y quisiéramos poder hacer más.
Quiero compartirte una serie de recomendaciones para este tiempo:
Pastorea a tu familia
De un día a otro nos quedamos sin el soporte espiritual que nos ofrece el congregarnos y disfrutar de la compañía y comunión de nuestros hermanos; en esta “nueva normalidad” en la que aún no podemos congregarnos, y vivimos “Experiencias en Línea” conectándonos a través de internet con nuestra congregación, más que nunca necesitamos atender las necesidades espirituales de nuestra familia. Tu cónyuge necesita tu apoyo espiritual; necesitan más que nunca orar y buscar al Señor juntos; tus hijos necesitan ver en ti el ejemplo de un hombre y una mujer temerosos de Dios que oran, que leen la escritura, que dan con generosidad, que se preocupan por otros, que aman a su prójimo, en fin, que son coherentes poniendo en práctica la fe que has seguido a lo largo de los años. Es nuestra responsabilidad el velar por la vida espiritual de nuestra familia. Y como nota especial: no descuides a los máspequeños; ellos también necesitan escuchar la palabra de Dios (al igual que tu). Si tu iglesia tiene programas en línea para niños, permite que participen y acompáñalos; y si tu congregación no puede proveer material para niños (después de todo, el 90% de las iglesias son pequeñas y probablemente no tienen los recursos suficientes para sostener un ministerio en línea), busca la manera de que tus hijos reciban alimento espiritual también.
La pandemia del Covid-19, ha impuesto una nueva modalidad, del ser y del vivir. Me circunscribiré, solo al ámbito religioso, porque a raíz de esta pandemia, las instituciones religiosas, necesitan de VIENTO RENOVADOR EN TODOS LOS SENTIDOS. Habrá que buscar por todos los medios, que los congregantes, realmente tengan la experiencia del “Pentecostés” y del “Parto de Damasco”, para evitar la mera religiosidad, y la incultura religiosa, que permite que los lideres abusen de los feligreses, imponiendo reglas y normas que nada tiene que ver son las Sagradas Escrituras.
La gente espera, ansía un nuevo mensaje cargado de esperanza. Ansia que desde los púlpitos realmente se predique el mensaje de Jesucristo, y no solo palabrería vana y hueca del ser humano. Lo importante, es darnos cuenta que no basta con ir a la iglesia, sentarse y escuchar, siempre hay que aprender a escuchar y a actuar; adoptar el compromiso de servir al Señor, mediante los dones y talentos que él nos ha dado. Convertirnos en el “Cristo de la toalla”.
Las iglesias en general, pasan horas y horas discutiendo aspectos administrativos, pues están más interesados en la parte económica y en ver como exaccionar a las iglesias y se soslaya la parte espiritual y devocional de la vida del creyente. Por eso, nos hace falta “Los secretos del viento renovador”, la experiencia del Corazón ardiente de los caminantes de Emaús. La Biblia tiene todas las respuestas a las preguntas de hoy. Y aparece de nuevo una vez más, la noticia que nos da sentido y nos orienta a caminar juntos, rumbo al reino que viene, al que vamos y en el que ya estamos.
“Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá”..
Números 21:4-9
El pueblo de Israel “habló contra Dios y contra Moisés”. Se quejaron amargamente del desierto porque un desierto es complicado. En un desierto no hay nadie, todo cuesta mucho, por el día es caliente, por la noche es frío.
Además, calificaron de “pan tan liviano” al maná, al “pan del cielo”, dando a entender que les repugnaba. Al referirse al maná, como “pan liviano”, estaban diciendo que era un pan que no los saciaba, que no les agradaba, que no era lo que ellos querían.
En respuesta a esta queja, Dios envió “serpientes ardientes” entre el pueblo, cuya mordedura provocaba un dolor agudo y era mortal.
Como tantas otras veces, Moisés hizo de mediador y suplicó al Señor en favor del pueblo.Dios lo escuchó, y mandó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un asta, para que todos la pudieran ver. Todos los que eran mordidos y miraban con fe a esa serpiente de bronce, fueron sanados y quedaron con vida.