Evangelización que incluya, no que excluya
En las crisis se conoce el temple de los individuos y de las sociedades. Es en la adversidad cuando aflora el verdadero ser de individuos y pueblos. Cuando se demuestra de qué estamos hechos para afrontar las circunstancias históricas que vivimos. Allí es donde se demuestra el carácter de un hombre, de una mujer, de una comunidad o de un grupo.
En nuestros días, hemos oído constantes llamados a la unidad, lo que muestra que es una aspiración que ronda en diferentes ámbitos como la cultura, la educación, la política, la salud o la economía. A nivel local y a nivel global. Entre individuos, entre pueblos y aún entre naciones. Entre grupos, razas, géneros, religiones y filiaciones diversas.
Y es que pareciera que, ante la crisis y la incertidumbre, se han acendrado las divisiones. El miedo saca relucir el vacío que vivimos como sociedad. El miedo nos arrincona, nos somete y nos paraliza. ¿Miedo a qué? A todo. A lo desconocido, a lo diferente y a lo inseguro. A lo que nos saca de nuestra zona de comodidad.
Porque el miedo es tinieblas y obscuridad. El miedo es soledad, y la soledad nos desgarra y nos degrada.
Es por lo mismo que, en estos días aciagos, los cristianos debemos ser luz que combate la obscuridad. En su segundo “Yo Soy” de Jesús en su Evangelio, dice: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). La luz siempre se asocia con el conocimiento y con lo bueno. El propio apóstol Juan dice:
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